miércoles, 13 de agosto de 2008

CALIGRAMA



Éste es un caligrama que escribí hace un par de años para un cursillo de creatividad. No es que sea gran cosa, pero yo me siento realmente orgullosa de haber sabido conjugar poesía e imagen. Debajo de cada estrofa, en cursiva, se indica el dibujo que debe leerse en cada caso. Por cierto, para poder leer el caligrama, hay que pulsar sobre el dibujo.


SOL Y LUNA

Cuando va a rayar el alba
la Luna abandona el cielo
pálida, triste y llorosa,
entre suspiros de anhelo.
(Luna)



Durante un lejano eclipse
del Astro Rey se prendó.
(corazón superior)
El Sol no pudo evitarlo
y de ella se enamoró.
(corazón inferior)




¿Por qué duró diez segundos
lo que debió durar horas?
¿Por qué el rey de la mañana,
el señor de las alondras,
el regio guardián del alba,
ama a la Blanca Señora?
(Sol, comenzando por el rayo superior)




¿Por qué no ama a la montaña
que se alza siempre orgullosa?
(montaña)




¿O al mar, que en guiños de oro
refleja su cara hermosa?
(olas del mar)




¿Por qué? Se pregunta...
(interrogación)




Y ayer al llegar la aurora,
cayó una lluvia plateada.
Era el lucero del alba que,
mudo testigo de amores
(estrella)
lloraba, lloraba, lloraba, lloraba.
(lluvia)

domingo, 10 de agosto de 2008

POEMA ENCADENADO


Te observo
desde el otro lado de las aguas del olvido.


Te olvido,
o al menos olvidarte intento;
te miro a hurtadillas
traicionando el propósito de mi alma.


Mi alma,
saturada de tu recuerdo
y falta de tus palabras,
que se plasma silenciosa en la ansiedad de mis ojos.


Mis ojos,
que hambrientos buscan posarse en su objetivo.
Luceros secos
que extrañan tanto como odian tu presencia.


Tu presencia,
complicado problema metafísico,
ausente motor de mi desdicha y mi gozo,
presencia preñada de aparente soledad.


Soledad,
soledad tuya, soledad nuestra,
y mía más que nunca cuando estás
pesado lastre de un alma que no puede liberarse.


Liberarme,
eso quisiera, mi vida, liberarme de ti, de mí, de todo,
respirar sol y viento en una tierra nueva,
compañera del amor, sí, mas nunca su cautiva.



3-octubre-2002

EL PINTOR DE PESADILLAS (III)

- ¿Puedo escoger el que quiera?
- Ya te lo he dicho. ¿Por qué tienes la dichosa manía de hacerme repetir las cosas? - protestó Vhalan. No lo decía en serio. Adoraba a su hermano, pero le resultaba sumamente embarazoso tenerlo en su estudio examinando sus trabajos.

Le había prometido uno de sus cuadros para su mitad de año. Llamaban así a la fecha en que se cumplía el medio año desde el cumpleaños anterior y hasta el siguiente. Nadie más celebraba aquello, por supuesto; ni siquiera existía, era un invento de los dos hermanos, cuando de pequeños les parecía insuficiente tener un solo cumpleaños al año. Se reunían los dos, intercambiaban regalos y celebraban una pequeña fiesta. A pesar de ser algo propio de la niñez, lo habían mantenido en su edad adulta con tanto o más puntualidad que el cumpleaños oficial.

Takder se acercó con cautela a la espalda de su hermano, que se hallaba totalmente enfrascado en la realización de su última obra. Era un dibujo al carboncillo, de trazos sinuosos y retorcidos. Le resultó extraño: las pinturas de su hermano solían tener un colorido eléctrico, incluso escandaloso para los bien educados ojos de la aristocracia, que tachaban a menudo sus creaciones de obscenidades pictóricas.

- ¿Por qué no utilizas color?
- Porque no tiene.
- Eso ya lo veo, ¿Y por qué no tiene?
- Porque es en blanco y negro, ¿acaso no te das cuenta de que estoy utilizando carboncillo?

Takder suspiró pesadamente. Conocía bien el juego de su hermano de la respuesta obvia y circular en el que era un verdadero maestro. A menudo usaba la técnica con los cortesanos ávidos de cotilleos: "¿Cuando os casaréis, mi señor? El día de mi boda" era una de sus más célebres respuestas. Normalmente, un par de respuestas obvias en su tono cortante solían ser suficientes para que alguien se diera cuenta de que el príncipe no deseaba contestarle y cesara su interrogatorio. Sin embargo, casi nunca usaba ese juego con él.

- ¿Te molesto? - preguntó con cuidado.
- Estoy pintando - fue la respuesta de Vhalan, y la subrayó con un suspiro impaciente para subrayar su obviedad.

Takder observó con detenimiento el dibujo que nacía de las manos nerviosas de Vhalan. Le resultaba sencillamente fascinante el modo en que, con trazos cortos, que aislados no serían más que líneas informes, lograba componer una imagen. Habiendo sido adiestrado por el mismo Vhalan, Takder se sentía con la suficiente autoridad para interpretar sus pinturas, pero aquel dibujo realmente escapaba a su capacidad de análisis: parecían varios compartimentos superpuestos de paredes inestables.

- ¿Qué estás representando?
- Una casa.
- Pues es la casa más extraña que he visto jamás.
- También yo - fue la inquietante respuesta de Vhalan. Acto seguido, se levantó y se alejó un tanto del cuadro para estudiar su efecto general - Esto es una maldita chapuza - dijo entre dientes con la respiración entrecortada, y acercándose con rabia arrancó el papel del caballete y lo hizo a un lado con disgusto. No lo rompió: había una fábrica de papel en Grenferok, pero no era demasiado activa, y seguía el ejemplo de la fábrica de Waist-Hamron, una ciudad-estado de la costa sur. El papel, al menos el de calidad, seguía siendo una materia preciosa y restringida, y las reservas de Vhalan, normalmente bien conservadas, habían sufrido una merma considerable en las últimas semanas. Pensó que destinaría el papel para pruebas de color o para borradores, como tantos otros de los últimos tiempos.
- Pero Vhalan, no puede ser una casa, tiene los límites entre estancias muy inestables, como si una sala se confundiese con otra.
- Ya lo sé, pero es que es así - replicó el pintor con un gesto de impotencia.
- ¿Esto lo has soñado esta noche? - preguntó Takder en tono de confidencia. Sabía que su hermano pintaba a menudo escenas y ambientes relacionados con sus sueños, o más bien con sus pesadillas, porque el príncipe heredero no concebía soñar con aquellas aberraciones demasiado a menudo y seguir cuerdo.
- Sí - respondió quedamente. No dijo que llevaba tres semanas soñando lo mismo, no quería inquietar a su hermano.
- La simbología de los sueños dice que cuando sueñas con una casa, en realidad la casa eres tú mismo...
- Ya sé lo que dice la maldita simbología, pero no se trata de eso - interrumpió Vhalan impaciente.
Tampoco le había dicho a su hermano que llevaba tres semanas intentando pintar aquel sueño, que había probado con varias técnicas pictóricas, y que el caos de la imagen original era tal que no lograba reproducirla. Se le erizó el vello sólo de pensarlo: por muy difícil que fuese un sueño, o una imagen, Vhalan siempre había encontrado el modo de representarlo o de evocarlo con sus pinturas, pero aquella casa simplemente lo sobrepasaba. Miró a Takder y se sobresaltó: su hermano miraba el fallido dibujo con un gesto fascinado que jamás le había visto.
- Tiene mucho sentido, ¿lo sabías? Tu técnica es muy buena, parece como si el dibujo oscilara, tiene un dinamismo interno fabuloso, es...
- Es casi tan grotesco como que el príncipe heredero de Grenferok se dedique ahora a la discusión artística. ¿No te parece que llegamos tarde a la clase de esgrima?
Takder asintió, pero siguió mirando el dibujo. Nunca ninguna obra de arte había sido capaz de captar su atención de aquella hipnótica manera. Al principio había mirado el dibujo de forma casual y poco entregada, pero en cuanto fijó sus ojos en él se percató de que era muy difícil volver a despegarlos, volver a mirar otra cosa que no fuesen las espirales hipnóticas, el raro caos de estancias superpuestas, las escaleras infinitas que acababan en el mismo lugar en el que habían comenzado, las ventanas abiertas a dimensiones eternas.
- Este dibujo... cuando lo miro tengo la impresión de que estoy dentro de él - balbució - Es desasosegante, pero hipnótico, fascinante...
- Vamos, llegaremos tarde - insistió Vhalan - Es un fiasco, no lo mires más - añadió. Parecía sereno, pero su interior temblaba como nunca hasta entonces lo había hecho, porque a diferencia de otras de sus creaciones, él también se sentía al dibujar como si hubiese caído de lleno en uno de sus sueños, como si estuviese protagonizando la peor de sus pesadillas - Vamos - repitió con voz autoritaria, cogiendo a Takder del brazo.
Cuando salieron por la puerta, su hermano se detuvo para volver a mirar hacia el estudio, estirando el cuello en un vano intento de mirar aunque fuese por última vez el dibujo. Vhalan se propuso en ese momento destruirlo, acabar con todos los dibujos de la casa, romperlos en trozos tan pequeños que hicieran imposible su reparación o mejor, reducirlos a cenizas para que el fuego se llevase su amenaza.

jueves, 24 de julio de 2008

UNA TARDE DE SOL

Sí, quiero guardar una tarde de sol para ti; o mejor, una tarde de sol tras una tormenta. ¿Te imaginas? Podemos quedar con antelación, planificando la ocasión tras mirar con detenimiento el parte meteorológico, escogiendo con cuidado la tarde perfecta en que el sol volverá plata las gotas de lluvia sobre la superficie de roca pulida de la montaña y el metal resplandecerá como nuevo tras el chaparrón.


Pero también podría ser todo más casual: tal vez llegaste a casa corriendo, refugiándote de la lluvia, empapados el pelo y la chaqueta, con la humedad reptando peligrosamente por los camales de tu pantalón. Irás a cambiarte malhumorado, pensando que la tormenta ha arruinado una tarde magnífica, y que ahora sólo podrás conformarte con llamarme con voz de circunstancias y proponerme ver una peli del videoclub, de esas que ya vimos en el cine, porque sabes de sobra que semanalmente nos recorremos religiosamente la cartelera y lo único que nos queda por ver es lo que nunca veríamos. Al volver a mirar por la ventana, con el entrecejo levemente fruncido y la mirada resentida (como puedes comprobar, conozco tus estados de ánimo como si fueran míos), descubres maravillado que la lluvia ha cesado, y que por entre las nubes negras se asoma un sol agresivo que tiñe de rojo sangre las casas de ladrillo y hace que las fachadas blancas luzcan tanto como para herir la vista. Coges el teléfono animado, pero en el último momento te lo piensas mejor y decides no llamar.


Sales a la calle con la sonrisa renovada, esa sonrisa que rezuma timidez, como si siempre estuviera pidiendo permiso para expresarse. Todavía llevas el pelo medio mojado y reluce como un puñado de oro bajo el sol (sabes que siempre te prevengo contra eso, cualquier día vas a acabar cogiendo un enfriamiento, no dirás que no te aviso) y te acercas a mi casa con esos andares contenidos y preñados de despite que siempre gastas. Vas mirando hacia las azoteas, intentando capturar los rayos de sol que se filtran coquetos entre las nubes en retirada, aspirando el suave olor a mojado, escuchando los sonidos cotidianos, que parecen nuevos tras la atronadora cacofonía de los truenos.


Yo también miro el prodigio del redimido sol de la tarde. Brilla con una fuerza inusitada, como si pretendiera demostrar que se merece una segunda oportunidad tras desaparecer entre los velos oscuros de las nubes, tras desertar del día. También huelo el olor de la tarde, y escucho fascinada el despertar de los trinos de los pajaros y los ruidos de la vida, dormidos mientras atronaba en el cielo la voz de Zeus.


Tocas al timbre, pero a esa hora yo no espero a nadie... Así que me das una sorpresa mayúscula. Dejo lo que estaba haciendo (de todas formas, estaba mirando por la ventana; la amenazante pila de exámenes que aún resta por corregir tendrá que esperar), me arreglo como puedo, a medias, ya sé que tú no eres demasiado exigente con esas cosas y siempre te ríes y bromeas con mi aspecto de muñeca de porcelana de los fines de semana.


Salimos cogidos de la mano y sin si siquiera plantearlo, nos dirigimos de forma unánime a la tetería del Lobo de Plata. Hoy escogeremos esa mesa junto a la ventana, desdeñando la oscuridad acogedora de su más profundas fauces, porque la tarde no es para perdérsela. Pero de camino a la tetería pasamos por el parque donde los críos retozan y saltan dentro de los charcos de ámbar. El suelo mojado se viste de aluminio, y yo imagino que, desde el cielo, con su forma alargada, debe parecer un enorme bocata recubierto de papel Albal. De pronto, un escurridizo arco iris viste la fuente de colores.
No hablamos mucho: yo respeto tus silencios (ya estoy habituada a ello, a pesar de padecer de verborrea crónica) y tú observas refugiado en una de tus medias sonrisas, que nada tiene de irónica, como me pierdo en los detalles de esta tarde maravillosa.
Tú escoges té de jazmín (por cumplir, ya sé que no te gusta demasiado el té, pero que, al igual que yo, te encantan las teterías), y yo me decido por uno de esos tés oscuros y cargados con aroma oriental y nombre exótico. Gasto mi azúcar y el tuyo, ya sabes que sólo hago excesos con los dulces cuando bebo té, mientras tú prefieres el amargor de la infusión original, sin disfraces. Charlamos sobre el día mientras removemos el té, mientras lo bebemos con esos aires de ritual con los que vestimos las grandes ocasiones, mientras contemplamos el sol vencedor a través de los cristales. La tetería se va llenando poco a poco (¿no te dije que habíamos sido de los primeros en llegar?) y entre conversación intrascendente y anécdota cotidiana, de esas que hilvanan nuestras charlas y que te hacen encantador e irresistible, entre risas vanas y chistes malos, te miro, y te doy las gracias con los ojos por esta tarde de sol, esta maravillosa tarde que siempre quise guardar para ti, sólo para ti.

ELLA SIEMPRE HABÍA CREÍDO EN EL DESTINO

Ella siempre había creído en el destino, en esa firme mano que, sin saberlo nosotros, nos lleva hacia el fin deseado e inesperado, pero siempre favorable. Creía en la inspiración del momento, el horóscopo de la jornada, la predicción semanal y el calendario chino. Se miraba de vez en cuando las manos y leía a medias, con trazas inconfundibles de aficionada, los devaneos de las líneas trazadas en su carne: ¿creatividad en el monte de la Luna, casamiento en el monte de Mercurio, longevidad en la línea de la vida, fidelidad en la línea del corazón...?
Sobre todo, creía en el destino en el amor: un hombre para ella, el hombre que colmara su alma y despertara sus sentidos. Lo encontraría algún día (la fecha exacta venía entre el monte de Mercurio y la línea del Corazón, pero siendo una aficionada no podía leerla), y entonces todo sería claro, y el mundo, perfecto. Tan sólo le preocupaba una cosa: el destino siempre jugaba sus jugadas maestras cuando menos lo esperamos, y ella... lo esperaba siempre. Disfrutaba imaginando sus pasos, intentando adivinarle las estrategias, husmeando sus señales... hasta considerarse a sí misma una maestra en su devenir, incluso sin poseer ningún curso de pitonisa avanzada o iniciación a la quiromancia.

Ella creía que el destino existía, sin ninguna duda, y... era cierto. Así que, un día, jugó su jugada maestra. Ella lo esperaba, como siempre, y lo buscaba en los imprevistos, los sucesos inesperados que se presentaban sin avisar en su vida... como el hecho de coger el tren cuando siempre cogía el autobús. Así lo hizo aquel día. Como siempre, pensó que hallaría al hombre de su vida aquel día, en la estación, y lo encontró... sólo que de distinta manera a como esperaba encontrarlo.

Ella esperaba a un romántico soñador de pelo oscuro, rebeldía soterrada y valor incuestionable, con un enigmático aire a caballo entre el héroe sufriente y el poeta maldito (después de tanto tiempo haciéndola esperar, no se iba a conformar con menos). Sin embargo, encontró a un chico larguilucho y de pelo castaño desvaído, pasividad evidente y valor muy bien escondido, con un vulgar aire a caballo entre el estudiante conformista y el chico-normalucho-de-toda-la-vida. No se dio cuenta, por supuesto, de que era él, aunque llevaba años esperándolo. Simplemente, no lo imaginaba así.

A pesar de lo que pudiera parecer, conectaron y a la larga, intimaron, pero siempre interponiendo el muro de la eterna amistad porque, claro, ella seguía esperando al hombre de su vida que el destino le tenía preparado y que le presentaría ante sus narices un día cualquiera. Y, por supuesto, no era él, que a pesar de tener muchas más cualidades de las que apreciara en el primer vistazo y de ser mucho más apuesto de lo que en un primer momento se atreviera a admitir, seguía sin tener el pelo oscuro y carecía de aquel aire a caballo entre héroe sufriente y poeta maldito.

El tiempo pasó, y él también. Ahora está lejos de su vida, tal vez al alcance de una llamada telefónica o una felicitación navideña, pero lejos al fin y al cabo. Ella ya se ha dado cuenta del error, y ha comprendido, por fin, que cuando esperamos demasiado al destino, suele jugárnosla con las más increíbles de sus sorpresas, haciendo que no nos percatemos de lo cerca que tenemos el anhelado paraíso que, curiosamente, se viste de diferente color al que habíamos imaginado, y confundiéndonos como castigo a nuestra petulancia. Ahora ella no sabe si el destino lo cruzará de nuevo en su camino o si debe buscarlo, si era destino perderlo al igual que había sido destino encontrarlo, o si tal vez tan sólo debía esperar otra mano maestra del azar. Se limita a vivir, sin más. Tal vez es lo que siempre debió hacer para, al menos, no confundirse de sueño.

Pero el destino existe...

EL PINTOR DE PESADILLAS (II)

- ¿Y entonces qué son? - preguntó tozudamente, su voz marcada por un tono agresivo, casi belicoso, que tan pocas veces usaba con el Maestro.
- No son más que una mezcla de recuerdos, deseos frustrados, obsesiones cotidianas, un recordatorio de nuestras miserias humanas y un catálogo de nuestros más inconfesables anhelos.
- Imposible - afirmó categóricamente, algo que tampoco solía hacer cuando hablaba con el Maestro - Yo jamás he visto semejantes cosas, no puedo recordarlas, y tampoco puedo desear algo que no conozco. No tiene sentido.
- Por lo general, los sueños no tienen sentido. Son sólo fragmentos dislocados de la realidad, mezclas informes. Tú dices que nunca has visto con anterioridad aquello que sueñas: no es necesario. Si conoces un caballo y conoces un hombre, conoces al centauro. No importa que exista o no, es una creación de tu mente.
- ¿También praderas negras, volcanes de sangre, sombra de seres invisibles, aguas dotadas de vida, abismos eternos, cielos de...?
- Conoces la pradera y el color negro; los volcanes y la sangre; las sombras y el concepto de invisibilidad; el agua y la vida; el abismo y nuestra idea de eternidad... Tienes una mente especialmente activa, Vhalan, y una imaginación desbordada, que se plasma anárquica en tus sueños. No hay nada más.
- ¿Ni la Tierra Sin Nombre? - insistió Vhalan casi con furia.
- Tendrá nombre en cuanto las gentes de la costa de Tersinden perfeccionen sus métodos de navegación y exploración y crezca su capacidad de explotación de nuevas tierras. Sólo es cuestión de tiempo que todos los misterios del mundo sean desvelados.
- Se cuentan narraciones estremecedoras acerca de la ella, leyendas que...
- La gente tiene una especial habilidad para poblar con seres imaginarios y quimeras imposibles las tierras inexploradas, lo que no conoce, lo misterioso, pero nada de ello resiste un examen riguroso de observación imparcial.

Vhalan no respondió. Veneraba al Maestro, desde que lo conocía, y la admiración era mutua. Para el anciano existían pocas cosas más fascinantes que conversar con aquel muchacho de inusual inteligencia, tan diferente del resto. Sus pinturas, elaboradas muestras de la más inabarcable fantasía, terribles composiciones donde el color se demostraba hipnótico y las líneas hacían las veces de retorcidas huellas de una mente sin parangón, lo dejaban sin aliento al primer vistazo, y tenían la virtud de atraer y mantener su atención suspendiendo el tiempo. Sin embargo, ambos tenían unos objetivos ocultos tan contrapuestos como la noche y el día: Vhalan deseaba que el Maestro gustase el sabor del misterio, lo encauzase por las sendas de lo oculto y lo secreto, le dijese por fin, sin más ambages, con aquella mirada clara y serena, que todas las leyendas que había leído y escuchado a lo largo de su infancia y su primera adolescencia eran algo más que creaciones de mentes geniales o enfermas, que eran una realidad, lejana pero cierta. El Maestro, al contrario, se sentía el mentor de su cordura, el guardián de la mente voladora de aquel muchacho extraño e introvertido, aquel que lo haría abrazar el mundo de la razón y entrar por la luminosa puerta de lo tangible. Ahora intentaba convencerlo de lo insensato de su escapada, pero carecía de armas para atravesar el escudo de silencio y obstinación tras el cual se parapetaba el muchacho.

- Sólo prométeme que no volverás a intentarlo - dijo, y sus palabras adquirieron un tono de súplica del que renegó al instante de escucharse a sí mismo. Al infractor se lo amonesta, no se le ruega, pero el Maestro amaba a Vhalan como al hijo que nunca había tenido, y disciplinarlo le resultaba muy duro, a pesar de estar convencido de que era lo mejor.
- Lo prometo - aseguró el joven con los ojos perdidos en la pared del estudio. Su voz sonó hueca y el Maestro se dio cuenta de que tenía la mirada vacía de sueños.

El Maestro opinaba que todos los problemas de Vhalan procedían de sus dificultades para ubicar su identidad, para dotarla de sentido. Y todas aquellas dificultades eran producto de una infancia más que irregular, una infancia ocupada con vanos intentos de encajar y asimilar que la que hacía las veces de su madre no lo era en realidad, que la suya, la de verdad, descansaba bajo una lápida demasiado sencilla en el panteón familiar, escondida en una esquina, como si la simple presencia de su tumba fuese una vergüenza, un secreto que hubiese que ocultar a los selectos ojos de aquellos que tuvieran el gusto de visitar las viejas glorias embalsamadas de la familia real de Grenferok.

Takder III de Grenferok siempre había amado a Elvanor, antes de llevar el ordinal y el nombre de su ciudad detrás de su nombre de pila, antes incluso de comprender cabalmente que algún día sería el titular de una de las ciudades-estado más grandes y poderosas del Imperio. La había amado incluso sin saberlo, desde el primer día que la vio, cuando él no era más que un muchacho atolondrado que llevaba de cabeza a su padre y a sus tutores y ella una niña de cabellos de oro y risa de cristal. Se casaron en cuanto ambos alcanzaron la mayoría de edad, sin albergar ninguna de las dudas que a menudo atenazan a quienes se plantean contraer matrimonio. Pasaban los años y la felicidad de la pareja se fortalecía día a día, a pesar de la falta de hijos. Sin embargo, en Grenferok había imperado siempre una despiadada política de "A rey muerto, rey puesto", y varias voces se elevaban a diario criticando la esterilidad de la reina, que muchos atribuían supersticiosamente al castigo de algún misterioso dios, tal vez por habese atrevido a ser demasiado felices. Por eso Elvanor partió hacia las Montañas Grises, donde se decía que habitaba una comunidad de sabias mujeres que conocían el secreto de todas las plantas, secretos remedios para todo tipo de dolencias y enfermedades, luminosos brebajes que llevaban la salud a quienes los bebían. Tanto ella como su comitiva desaparecieron en las Montañas Grises, sin llegar a su destino.
Takder la esperó durante más de un año, el tiempo límite que las leyes de Grenferok disponían para deshacer un matrimonio y sustituirlo por otro si el cónyuge desaparecía o no se sabía nada de él. Simplemente se le declaraba muerto y se buscaba a otra persona siguiendo, por supuesto, la efectiva política de "Rey muerto, rey puesto", que tan bien funcionaba en Grenferok. Takder se negó a ello, a pesar de todas las voces que clamaban por un heredero y todas las ofertas tentadoras, más o menos veladas, que se le presentaron.
Cuando llevaba un año y medio sin Elvanor, una misteriosa mujer de cabello oscuro pidió asilo en el castillo durante una noche de tormenta. Al ama de llaves le dio pena, y no sólo le dio cobijo, sino que le ofreció un trabajo en el cuerpo de camareros del rey. Fue así como Takder comenzó a fijarse en ella, y decidió ahogar algunas de sus noches de dolor en sus brazos. Le fascinaba, sin quererlo, el negro sin fondo de sus cabellos y sus ojos, y el abismal contraste entre estos y su piel de nácar, o las canciones misteriosas que gustaba de susurrar a su oído.
Ella le ocultó su estado hasta que fue demasiado patente y Takder aceptó a su hijo, aunque no le dio a la madre ningún tipo de garantía sobre un futuro matrimonio. Ella tampoco se la pidió. Se conformó con aprovechar el abundante tiempo libre del que dispuso cuando dejó de trabajar vagando por el castillo y la ciudad con sus nuevos vestidos de seda negra. El médico le había prescrito reposo y paseos tranquilos a partes iguales ante su frágil estado de salud, y el rey se cuidó de que todo favoreciera el bienestar de su concubina y del hijo que llevaba en su vientre. No la amaba, pero sentía por ella una suerte de sencillo afecto que le impedió renegar de ella, incluso cuando recibió aquella misiva de parte de las Hermanas de las Montañas Grises donde se le comunicaba que Elvanor había sido rescatada de entre una sanguinaria tribu montañesa que la tenía cautiva y se recuperaba a pasos agigantados en el monasterio, que estaba viva y se encontraba en perfecto estado.
Takder abandonó Grenferok inmediatamente, rumbo a las Montañas Grises, dejando atrás a la enigmática mujer de cabellos negros, que simplemente languideció entre los muros del palacio. Ella intentó abandonar para siempre el castillo y la ciudad, pero su avanzado estado de gestación le impidió llevar a cabo su huída. Dio a luz una noche de tormenta, similar a aquella en que llegara al castillo, y murió antes del amanecer, tras manifestar su deseo de que su hijo llevase por nombre Vhalan, que significaba algo así como Juego del azar.
Takder llegó a la mañana siguiente acompañado de su esposa. Elvanor se hizo cargo del pequeño Vhalan, mientras esperaba a su propio hijo, que a pesar de ser el segundo de los vástagos del rey llevaría su nombre y heredaría su corona. Jamás se vio en la reina un gesto o una palabra de rechazo hacia Vhalan, tan sólo un leve temor hacia aquel chiquillo extraño de mirada desconcertante y tan oscura como la de su madre. Temía por Takder, su hijo, sin saber por qué, y sin imaginar cuánto lo quería Vhalan y cómo el destino del muchacho desencadenaría la desaparición del primogénito del rey.





ME PESA...


No te tuve, mi amor, y no me pesa,
no me pesa no tenerte entre mis brazos,
no me pesa el deber de olvidarte,
ni tampoco saber si me has amado.


Me pesa más tener el alma sola,
perdida por llanuras que no acaban,
errante en un desierto de vacío,
perder mi tiempo por algo que no es nada.


4-XII-2002



* La imagen es una pintura de Franklin Álvarez Tunqui, "Páramo"